En el corazón de buena parte de los desafíos tecnológicos actuales se encuentra un enemigo silencioso pero implacable. La corrosión es un proceso de degradación que representa pérdidas millonarias para la economía global, entre el 3 y el 4 % del PIB mundial, según NACE International. Una carga que muchas industrias aún consideran inevitable. Este enfoque reactivo no solo genera importantes ineficiencias y paradas en la producción, sino que también tiene consecuencias directas en la calidad de vida de las personas. Desde infraestructuras deterioradas que comprometen la seguridad pública hasta sistemas de agua contaminados o transportes menos seguros, la corrosión impacta negativamente en el bienestar humano y en el desarrollo social.

De hecho, esta misma organización indica que se podría ahorrar entre el 15% y el 35% del coste total de la corrosión si se apuesta de forma decidida en tecnologías adecuadas de prevención, monitorización y mantenimiento.
Parte de nuestro trabajo como expertos en corrosión del Centro Tecnológico CTC consiste en hacer pedagogía sobre los beneficios de la proactividad para hacer frente a este fenómeno. No solo investigamos y ensayamos soluciones eficaces, sino que también tratamos de trasladar los avances científicos al lenguaje de la industria, promoviendo la transferencia tecnológica como vía para ser más eficiente y más competitivo.
Durante toda mi carrera profesional he investigado el fenómeno de la corrosión en diversos sectores. Tras graduarme como Ingeniero de Materiales en Colombia y comenzar a estudiar la degradación de herramientas de corte, inicié mi especialización en la corrosión electroquímica de materiales para aplicaciones biomédicas durante mi estancia en la Universidad Federal de São Carlos, en Brasil. Esta experiencia marcó mi entrada en un campo que seguí explorando durante un doctorado internacional entre Brasil y Francia, desarrollado en el reconocido Instituto de Electroquímica LEPMI, de la Universidad de Grenoble.

Mi última parada antes de recalar en CTC me permitió investigar el impacto de la corrosión en piezas de aviones de la Segunda Guerra Mundial, dentro del ámbito de la conservación del patrimonio cultural. El laboratorio Arc’Antique en la ciudad de Nantes me permitió implementar metodologías de uso in situ para evaluar el estado de conservación de estas piezas, sin dañarlas. Esta labor, que requería máxima precisión, fue de gran ayuda cuando llegué el centro cántabro en agosto de 2023.

SEACOREL, mi primer proyecto en Cantabria, planteaba el desarrollo de sensores para evaluar cómo se degradan los recubrimientos, pinturas y estructuras metálicas expuestas al medio marino. Una iniciativa desafiante y retadora, en la que pasé de trabajar con piezas sumamente valiosas y delicadas a analizar el impacto de un entorno marino real sobre todo tipo de muestras. Disponer del laboratorio marino MCTS El Bocal, impulsado conjuntamente por CTC y el IEO, supone una ventaja competitiva a la hora de simular condiciones reales de exposición.
La conjunción de instalaciones singulares y un equipo humano altamente especializado en este ámbito posiciona a CTC como un centro muy prometedor para ofrecer soluciones reales a este fenómeno que actúa sobre todo tipo de materiales. Un aspecto para el que resulta fundamental convencer a la industria para ser más proactiva y abandonar los planteamientos conservadores en torno a esta materia.
Es verdad que la corrosión seguirá siendo un reto permanente, especialmente en un contexto global en donde la sostenibilidad, la eficiencia energética y la durabilidad de los materiales son fundamentales. Sin embargo, hoy por hoy tenemos al alcance soluciones innovadoras que nos pueden ayudar esta amenaza en una magnífica oportunidad de innovación.
César Escobar Claros
Tecnólogo del Centro Tecnológico CTC.